Indago en la naturaleza de la experiencia: en la relación entre el ser humano y aquello que lo rodea, en su existencia y en la huella que el tiempo inscribe en ella. La práctica artística se convierte así en un territorio de conocimiento, un espacio donde explorar los límites de la percepción, la realidad y lo visible.
Trabajo con símbolos de la existencia: aquellos que me conmueven y que necesito dibujar para sostener una idea y atravesar la catarsis. Entre ellos, la figura animal aparece de forma recurrente como presencia simbólica, como manifestación de una energía primaria que tensiona lo humano desde dentro. La pintura es, en este sentido, un dispositivo de pensamiento y emoción, un lugar donde lo sensible y lo conceptual se funden.
Concibo el arte como una gran fiesta. Una fiesta a la que están invitados la emoción, el conocimiento, la estética, la cultura, la tecnología, la verdad y también el engaño. Todos llegan con algo que aportar; a veces uno ocupa el centro, otras veces se retira y deja espacio a los demás. No hay jerarquías fijas: todo se mezcla, se contradice, se potencia. Pero el verdadero anfitrión no es quien crea la obra, sino quien la mira. El espectador —especialmente aquel que se acerca con ojos no condicionados— es quien activa la celebración y le da sentido.
En la ideación me dejo llevar por los trazos, es donde se desarrolla la composición y los ritmos del cuadro. El dibujo fija la identidad de la obra; en él queda inscrita su pulsión y su estructura. La luz organiza su respiración y determina su intensidad. La pintura es el territorio donde esa estructura se hace visible y adquiere cuerpo.
Entre las afinidades que dialogan con mi trabajo actual destacan los primeros pintores del Renacimiento italiano. De ellos me interesa especialmente la construcción del cuadro como espacio de contemplación más que como mera escena narrativa. La luz no aparece únicamente como fenómeno naturalista, sino como presencia autónoma. Busco esa idealización entendida como estado mental y simbólico: la fragilidad y la tensión entre lo humano y lo trascendente, expresadas a través de gestos mínimos pero cargados de significado.
En el plano teórico, me siento próximo a la reflexión del crítico de arte Raúl Chavarrí, especialmente en su formulación del ultrarrealismo como una indagación en la esencia de las cosas y en la intensificación de la realidad a través de la percepción. Desde esa perspectiva, la pintura no reproduce lo visible, sino que lo potencia, lo concentra y lo lleva a un estado de mayor presencia.
Si he de nombrar dos influencias principales, son mis padres. Desde planteamientos y lenguajes distintos, me enseñaron a dialogar con el cuadro, a escucharlo, a reconocer lo que la pintura te pide más allá de tu propia voluntad. Esa relación de escucha sigue siendo el núcleo de mi práctica.
La práctica pictórica de Bellod se articula en torno a la relación entre imagen, luz y percepción, entendiendo la pintura como un campo en transformación constante. La obra no se presenta como una forma fija, sino como una aparición que depende de las condiciones en las que es observada.
En este contexto, lo visible convive con una dimensión latente que no se ofrece de manera inmediata, sino que requiere tiempo, atención y una disposición contemplativa. La pintura se convierte así en un espacio donde la imagen no solo se muestra, sino que emerge progresivamente, entrando en relación con la mirada más allá de su aparición inmediata.














