Pinto en la oscuridad y el tiempo se expande.
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Mis comienzos, pintando en la oscuridad con fluorescentes a mediados de los años 90, marcaron el camino de investigación que hoy me ha traído hasta aquí.
El primer reto fue la decepcionante visión que tenían los cuadros al sacarlos a la luz natural. La imagen variaba casi como un negativo fotográfico, volviendo irreconocibles las figuras propuestas.
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Entonces me planteé: ¿y si consigo una pintura ambivalente que pueda verse no solo en la oscuridad?
Comencé a mezclar colores que me permitieran esa doble condición.
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Al descubrir las capacidades de la iluminación LED decidí construirme una lámpara y experimentar con la creación de colores y mezclas.
Se amplió el poder comunicativo del color, y también su dificultad.
Si antes trabajaba desde la oscuridad hacia la luz blanca, ahora podía segmentar la iluminación en distintos colores, con el mismo principio: que la figura sobreviviera a los cambios de luz.
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Entonces comencé a desplazar la luz sobre la pintura.
La imagen no se fija en una sola luz:
cambia, pero no se disuelve,
necesita tiempo, variación y mirada.
Mi pintura no se revela de forma inmediata; permanece en tránsito.
No se transforma en otra imagen: se construye.
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El campo pictórico no es un soporte pasivo, sino un espacio estructurado. Cada variación de luz y color responde a una organización previa donde dibujo, ritmo y energía se sostienen mutuamente. No se trata de provocar efectos, sino de construir un sistema en el que la imagen pueda permanecer y afirmarse a través del cambio.
Pintar se convirtió en encajar colores como si resolviera un enorme cubo de Rubik: cada movimiento debía cuidar que, al construir una parte, no se deshiciera el resto.
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Este sistema abarca desde la oscuridad hasta la luz plena, recorriendo todo el espectro lumínico.
Es esa variación la que modela la figuración y la vuelve más envolvente.
La pintura latente se desarrolla a través de un sistema de amplio espectro lumínico.
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En este proceso se genera una cromatensión: una tensión interna del color que mantiene la imagen abierta mientras se construye.
La fluorescencia actúa como punto de intersección entre absorción y emisión de luz. Electrifica el color. Intensifica la línea. Activa la figuración incluso en la oscuridad.
Amplía la paleta cromática y expande sus posibilidades dentro del amplio espectro lumínico.
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Esta variación activa la dinámica del color.
En este campo perceptivo intervienen fenómenos como la constancia del color y el contraste sucesivo, que ajustan y reconfiguran la percepción a medida que las modulaciones cromáticas se suceden.
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La figuración se articula a través de un claroscuro cromático múltiple, donde el volumen no depende de una sola luz, sino de la relación entre estados de color.
La superposición de modulaciones cromáticas no dispersa la figura. La asimila.
La forma se modela en el proceso.
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La pintura deja de presentarse como imagen variable y se afirma como ente: una presencia que no depende de una sola luz, sino de la integración de todas sus modulaciones.
La forma se reconoce.
La figura se afirma.
La presencia se expande.
Este desarrollo se apoya en una investigación doctoral centrada en la pintura, la luz y la percepción, que establece un marco teórico en relación con la práctica pictórica.
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